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jueves, 23 de abril de 2026

Daniel, Rodrigo y otras cosas

La Marquesada y las promesas incumplidas


En septiembre de 2007, en plena Marquesada —y siendo opositor de la misma—, sostuve una conversación con Rodrigo Carrasco en la que casi me convenció, por culpa de mis propias convicciones, de que estaba justificada. Es decir, en una teoría romántica yo suponía que generar empleos era una manera de avance, y lo es, pero sus argumentos se orientaron exactamente a mi lado débil. En corto, Rodrigo manejó el hecho de que el evento traería empleos temporales durante su celebración.

El problema del tonto soñador (yo, en este caso) es creer en las utopías provenientes de personas que probablemente son idiotas, pero también bastante astutas. Como Rodrigo Carrasco. A saber, un hábil manipulador que sabe exactamente qué decir ante cada persona, y yo no fui la excepción.

Lo que sí resultó: ciertamente el pueblo encontró una catarsis que venía cargando desde una década previa y salieron a festejar con cerveza y baile, toda vez que la feria Candelaria —la del pueblo— había sido enviada a un terreno en la carretera a Yuriria y ahora querían simplemente salir de casa y unirse a la fiesta. En este punto resultaba razonable y, justo eso me dijo Rodrigo, El proyecto es perfectible.

El caso es que no fue tan perfectible como él mismo habría querido que fuera, porque la verdadera esencia de la Marquesada no buscaba progreso funcional ni avance cultural, sino de hecho todo lo contrario, convirtió a Salvatexas en un rincón de América en donde se hace culto a la raza y cultura criollo-españolas. Más aún, sus Frankensteins (creadores) quedaron excluidos de los beneficios posteriores al desarrollo de la idea, a través de los años.

Pero, ¿por qué hubo un marquesado en Salvatexas?

La caja chica para la Corona

Aunque Salvatexas fue fundada en 1644 (bajo el reinado de Felipe IV), la práctica de vender títulos nobiliarios fue una constante en la corona española desde tiempos de Carlos V y se intensificó con sus sucesores. La monarquía estaba perpetuamente en quiebra por las guerras en Europa y la gestión del imperio, así que los títulos de Marqués o Conde se convirtieron en un producto más del mercado de títulos.

¿Quién lo compró?

Históricamente, el Marquesado de Salvatexas como título nobiliario español (creado formalmente hacia 1795 por Carlos IV) fue otorgado a Bartolomé Félix de Salvatexas. Sin embargo, la región y su nombre están ligados al Conde de Salvatexas (García Sarmiento de Sotomayor), quien fue Virrey de la Nueva España. Como la residencia del mismo, no porque la ciudad perteneciera a la realeza.

Muchos de estos títulos en la Nueva España eran títulos beneficiados, un eufemismo elegante para decir que el interesado pagaba una fuerte suma de dinero (en reales o ducados) a la Real Hacienda para obtener el estatus. Para colmo del ridículo, el orgullo del marquesado que hoy intentan rescatar con un evento vulgar tiene un origen contable, no cultural.

En el virreinato, la Corona Española —asfixiada por las deudas de sus guerras— puso los títulos de nobleza en venta. El marquesado no fue una distinción de honor para Salvatexas; fue un título comprado por particulares que tenían el dinero para llenar las arcas vacías del Rey.

Ya que hemos desmitificado que la ciudad per sè tuvo algún grado de nobleza europea, dejemos en claro que el marquesado no era un reconocimiento a la españolidad del pueblo, sino a la capacidad económica de una familia para comprar prestigio. Familia que, por supuesto, no consideraba a los mestizos como personas sino como sirvientes (esos que aman el evento hoy, habrían sido criados en aquel entonces, y que no se pierda de vista el detalle).

Por supuesto, los creadores de la Marquesada necesitaban un nombre urgente para su evento, para poder opacar en lo posible lo que San Miguel de Allende había desechado como identidad: La Sanmiguelada. Habría sido ridículo llamarla La Cacahuatada, La Guayabada o La Lermada así que se sintieron muy históricos y agarraron el marquesado de pretexto.

¿Por qué la crearon?

Como mencioné en posteos anteriores, en realidad no fue creación sino oportunismo. El evento como tal fue cedido por San Miguel de Allende porque ellos querían ser Patrimonio Mundial y la UNESCO les exigía no hacer culto a la barbarie (técnicamente hablando y por la misma razón, se supone que en ese municipio deberían estar prohibidas las corridas de toros y las peleas de gallos). Varios municipios se negaron a aceptar el evento y el pleito se redujo a una mediocre competencia entre municipios agrícolas de los cuales solo Salvatexas decidió arriesgarse a gastar dinero de las arcas para obtener la concesión.

Razones políticas

Exacto, La Marquesada fue una manera de (intentar) legitimar un dubitativo triunfo en los comicios del año previo (2006) por parte de Acción Nacional y necesitaban con urgencia traer algo que rompiera precedentes. La idea era atinada en términos propagandísticos, pero en culturales estaba equivocada, y en crecimiento a futuro fue la peor. La Marquesada convirtió la mentalidad de Salvatexas en un recipiente de ideas genéricas capaz de adoptar como tradición algo que en realidad debería considerarse traición.

Cómo Salvatexas dejó de tener raíces

Rodrigo Carrasco y Ricardo Cardiel opinaron en 2007 —como panistas— que La Marquesada borraría toda inclinación y favoritismo hacia Andrés Manuel López Obrador —en ese entonces perredista— y hacia toda influencia de izquierda; logrando deslumbrar especialmente a todos aquellos amigos del fandango y del desenfreno, pero en particular a quienes sacaron beneficio personal de ello.

Aquí lo gracioso. Yo me manifesté como opositor del evento en Agosto de 2007 en una postura personal que, no obstante, tuvo cierto apoyo y causó una loca reacción por parte de quienes la defendían. Comencé a recibir amenazas vía SMS y un día un pobre pendejo pasó en moto Vespa mentándome la madre. Al parecer mi humilde blog había pisado algunos callos.

A partir de eso, y tratando de contrarrestar en el efecto que yo había provocado, Rodrigo buscó situarse en los medios concediendo entrevistas a la prensa y la radio y, en una entrevista radial, dijo sobre el evento lo siguiente:

“Buscamos rescatar nuestras raíces españolas”

En ese momento sus comparsas le aplaudieron, de hecho él mismo se sorprendió de haber dado un aparente paso adelante pero quienes han leído al menos un libro en sus vidas no lo tomaron del todo bien. Era como si en Varsovia Polonia celebraran La Fiesta de Auschwitz-Birkenau. Para quien desconozca eso y le dé flojera consultar en Google; Auschwitz-Birkenau fue un complejo de campos de concentración nazis en donde exterminaban polacos.

Así de estúpido resulta celebrar y rescatar nuestras raíces españolas en México.

Por supuesto fue mi oportunidad para subir el tono a mis críticas, lo que me valió un primer intento de intimidación de frente, mientras cenaba una torta en el Jardín Principal. Claro que no cedí, aún así. Mi opinión como ciudadano cuenta y la hice valer. Y también es justo aclarar que eventualmente dialogué con los Cardiel.

Pero algo queda y trasciende de todo eso, lo que nació en 2006 como una jugada política para validar una supuesta identidad de élite, terminó por imponer un riesgo real a los ciudadanos. No solo es un fraude cultural basado en un falso rescate de raíces; es una irresponsabilidad logística.

Para el pueblo en mayoría, La Marquesada es una identidad comercial que, según sus defensores, ha puesto a Salvatexas en el mapa turístico y define al pueblo en sí, lo cual es un absurdo. El desconocimiento de su trasfondo es lo que la hace incluso peligrosa. Y creo que eso ha quedado claro de acuerdo a las estadísticas de violencia y delincuencia.

La Marquesada hoy

En su campaña, José Daniel Sámano (Jiménez) prometió suspender el evento porque, en sus palabras, “… no tiene nada qué ver con nuestra cultura”. A la mitad de su gestión, no solo no ha cumplido la promesa, incluso ha contratado al creador de La Marquesada (así es, Rodrigo Carrasco) en un puesto pagado como parte de una administración morenista.

Aquí la incongruencia. En 2006, Rodrigo se burló de mí por traer en la solapa de mi camisa un botón de AMLO (en un evento en el que yo actué como guitarrista) y se esmeró en colocar La Marquesada como un logro panista, demeritando todo lo que representara a López Obrador. Hoy es comunicador social al cobijo del partido creado por López Obrador. Si el amable lector (o amable lectora, para que no se enojen los WOKE) no entiende el mensaje, por Dios, entonces realmente hay una gran ignorancia en el pueblo. Si Rodrigo es capaz de brincarse de un barco al otro con tal facilidad, sus argumentos anti-izquierda de 2006 sirven para limpiarse el….

José Daniel Sámano es un buen sujeto, a mí me cae bien, pero eso no lo hace un funcionario excelente. Y ya demostró que sigue jugando de lado derecho. Al día de hoy, los jóvenes veinteañeros que se divierten, se emborrachan, se mean, y todo lo demás, en La Marquesada; no tenían ni diez años cuando comenzó todo este asunto y el propio José Daniel andaba en sus veintes. En ese entonces Salvatexas era un pacífico pueblo agrícola de paso entre Querétaro y Acámbaro (de hecho debería decir Morelia, pero concedamos un poco de crédito al pan de Acámbaro) cuyas aspiraciones se enfocaban en tratar de hacer girar la economía. Hoy ni siquiera eso se puede, y La Marquesada jugó un papel importante en ello.

La administración actual tiene aciertos y errores, como todas las administraciones, pero José Daniel debería tomar en cuenta que su transfuguismo no es precisamente su mejor carta (brincar del PAN a MORENA vía MC) y por ende su posición pública es frágil. Yo sé por qué soy izquierdista, y voy a defender la convicción, yo sé por qué creo que la derecha mexicana es perjudicial y sé que la dignidad de un pueblo es más importante que una carrera política. Es obvio que José Daniel ahora es morenista por sentido práctico no por convicción.

Muchos amigos míos odian a AMLO y a Claudia Sheinbaum. Al primero lo llaman El Cacas y a la segunda la llaman Lagartija, pero no dejan de ser bastante mejores que los previos. Odiar por catalogar a una figura como marxista o comunista en un país en el que nadie conoce ninguno de ambos pinches conceptos, es peor que no saber leer y escribir. Es odiar por ignorancia.

No simpatizar con un político es bastante más sensato que odiar pero, si existe algo peor, es odiar a esos personajes y cubrirse con su manto. Espero quede claro.

La prosperidad no es pecado. Personalmente yo estuve por entregarle a José Daniel varios proyectos moldeables que hubieran funcionado bien en Salvatexas. De hecho los comencé a estructurar desde la administración de Lupe Nava pero todos los alcaldes previos a José Daniel son bastante volubles y me hice wey. Pensé en algún momento que José Daniel tendría menos sentido fascista y realmente quisiera al menos echarles un vistazo (a mis propuestas), pero es evidente que su idea es dejarse guiar por la ineptitud de malos conocidos que buenos por conocer. Todos ellos fascistas e ineptos.

La idea de La Marquesada habría funcionado bien si se hubiera enfocado en la realidad y no en la fantasía de que Salvatexas es un marquesado. La dignidad de la ciudad se fue por el caño el día en que se determinó que heredar el salvajismo de las fiestas de San Fermín (o tener como héroe a un gringo 😂) era lo mejor para Salvatexas Tortilla Gulch.

En 2007 dije que Salvatexas era La Comala del Futuro. Diecinueve años después, Salvatexas ya es tradicionalmente Comala misma. Y José Daniel no se esmeró mucho en mejorar la apuesta para cambiar eso.

Es cuanto

Messy Blues

miércoles, 22 de abril de 2026

Rescatando las raíces 😂


Digo...

miércoles, 15 de abril de 2026

La lengua no tiene hueso

Cuando hablamos por hablar

Hace algunos días me tomé un café con alguien de por allá. Buen amigo, y muy inteligente. Me comentó que había leído mi post sobre Ruthrauff y dijo que lo consideraba poco práctico, porque, de acuerdo a su apreciación, eso me enloda más a mí que al aludido.

Lo saqué de algunos errores. Mi idea no es demeritar a Rod, era limpiar mi nombre, que es diferente. Antes de que pudiera aceptar o rechazar mi argumento volteé a verlo bromeando:

"Claro, en Salvatexas jamás voy a limpiar mi nombre ni con cloro"

Nos carcajeamos por un rato sobre eso y de pronto me comentó sobre mi colega del inframundo. Él no lo conoce bien, ni siquiera lo ha tratado, pero dice que alguna vez lo vio cantar en el Jardín Principal. Su opinión fue un tanto tímida al principio, pensando que yo me molestaría y fue muy hábil mencionando la opinión de un tercero. Ese tercero había dicho lo siguiente:

"Es un pinche creído que, en vez de cantar, pega de gritos"

Rompí en risas. Moví la cabeza y le pregunté a mi vez:

"Bueno, ¿y a ti qué te parece?. Con sinceridad. Tú eres honesto"

Se puso más colorado que un tomate (o como dice mi vieja más rosso que un pomodoro) y finalmente aceptó que mi nunca bien ponderado colega del mundo de Baphometh (es un decir) cantaba bien, para su gusto.

Sonriendo le dije que, si bien es cierto que aquel amigo y yo no podríamos estar cinco minutos seguidos en el mismo lugar sin tener alguna diferencia, sinceramente me gusta su forma de cantar. De hecho la envidio.

Sorprendido me preguntó si hablaba en serio y le dije que sí. Para mi gusto, en Salvatexas, han habido artistas geniales que no por fuerza tienen que encajar en mi estándar. Mencioné a Miguel Ángel Camarena (El Sheik), a Antonio Vázquez (Coquino), a Zoyla Flor, a Mario y Javier Carreño, a mis colegas en CFB y, por supuesto, al colega demoniaco, y ninguno de ellos son personas fáciles. De hecho todos ellos y yo navegamos en el mismo mar de contradicciones.

El amigo arqueó la ceja y soltó una risita.

"A ver, pinche Tona. ¿Entonces, por qué tirarle calabaza al otro, al gabacho?"

Mi respuesta fue matona.

"Sinceramente, ¿te parece que Rod es buen músico, o Salvatexas lo ama solamente por ser gringo?"

No debatimos sobre el tema porque mi pregunta fue justa. El wero Rod toca excelentemente bien la armónica, sabe tocar la guitarra y canta entonado, mi crítica es acerca del sobrevalor que Salvatexas le concedió, por ser gringo, y a los valores locales suelen despreciarlos, o acomodarlos a su gusto.

Y esos son los peores.

Vicente Corona y Miguel Fuentes son personas inteligentes, nunca he cuestionado eso. Este último siempre tuvo ideas ingeniosas cuando lo traté, Vicente siempre mantuvo la atención de todos por su ingenioso humor y perspectiva positiva. El problema fue que comenzaron a bailar al son que la élite del pueblo les tocó, diciéndoles cuáles eran SUS reglas. En resumen: los vistieron a su modo.

Gran diferencia. Ni Miguel Ángel Camarena, ni el colega del inframundo, ni yo bailamos jamás al son de nadie y las cosas siempre han sido a nuestro modo. O lo aceptas o lo rechazas pero no nos amoldaremos a tu gusto.

Luis Elizondo es un caso perdido. Con su mediocre manera de tocar blues, se la pasó de lambiscón con sus cuates para crear un nicho de seguidores que en su puta vida habían escuchado blues.

Mi amigo no daba crédito. Jamás se habría imaginado que, aún de manera sesgada, yo hablara a favor del colega del inframundo y de Toño Vázquez quienes, dicho por él, me tiran más mierda que a un escusado.

"Dime algo nuevo. Algunos de la vieja guardia no han aceptado nunca nuevos valores, a menos que les beses el ... las patas. Al otro wey sí lo entiendo en parte, porque estuvo justo en medio del fuego cruzado, cuando el idiota de (Omar) Jacobo comenzó a tirarme mierda"

Hablar es fácil. Decir que otros son mediocres o pendejos es un recurso fácil pero yo no soy así. No actualmente.

A mí me gustó mucho Iron Maiden desde que aún tenían a Paul DiAnno como vocalista y grupos como Deep Purple, Judas Priest, Black Sabbath y Led Zeppelin me parecían impresionantes (y me lo siguen pareciendo, pero hablo de aquellos tiempos). Cuando escuchaba a Camarena o a Toño, yo pensaba:

"¡Carajo, qué buenos son estos weyes!"

También opiné en su momento que mis propios principales opositores lo eran.

Y si somos bien honestos, hasta el día de hoy no hay en Salvatexas alguien que cante al nivel que lo hace mi colega del inframundo. Y búsquenle por donde quieran, NO hay nadie que pueda hacerlo.

Y si lo hay, vino después. Aquel menso fue el primero. Gústele a quien le guste.

Mi amigo estaba sorprendido. No esperaba tal sinceridad de mi parte y, de hecho, pensó que yo iba a abogar por mí mismo y me lo mencionó. Mi respuesta fue más integral.

"Yo sé lo que hago y lo que puedo hacer. Probablemente no les guste a todos. Probablemente hay a quien sí les gusta, pero no me arrepiento. El punto es que no me estoy desviviendo por demostrar nada. Y los que me critican a mí y los mencionados, sí intentan demostrar saber algo que ignoran completamente"

Saqué el dispositivo que utilizo para escuchar música (los celulares son incómodos por algunas razones que luego comentaré) y, para su sorpresa, le mostré algunas canciones de ese colega del inframundo que compré vía internet hace algunos años. Riendo, me dijo:

"¡No mames, pinche Tona! ¡Si me lo hubieran dicho, me habría reído!"

Quise hacerle notar que, de hecho, se estaba riendo pero disfruté mucho el momento.

"Por supuesto también tengo mis propias canciones aquí. Me gustan y estoy orgulloso. Es música. Me alegro de conocer a ese wey porque tiene un poco de lo que yo también soy. Si a ese wey no le parece que yo sea lo suficientemente bueno para caerle bien, es su puto problema. La vida sigue y a mí me gusta escuchar lo que él canta. Su vida me da igual"

La diferencia, como le dije a él, es que yo no busco aprobación. Pero eso es lo de menos. Lo terrible es que Salvatexas siga dando vueltas y vueltas en una pinche idiosincrasia estúpida en la que creen que son españoles y que todos deben comportarse de acuerdo a sus estándares de película gringa.

Por eso respeto a los darketos, al menos defienden su individualidad (aunque algunos están medio estúpidos y la defienden con insultos, pero son los menos)

Abrir el hocico para juzgar, lo hace cualquiera. Aceptar las virtudes, a pesar de las diferencias, describe la categoría de personas que somos. Y no escribo esto para quedar bien con nadie, pero sigo pensando que una ciudad, otrora magnífica, ahora se revuelva entre políticos pendejos y cultura musical limitada. Y lo peor, que su mejor recurso sea juzgar a los que no piensan como el colectivo, sin tener siquiera una ortografía aceptable.

Es cuanto.

Messy Blues

domingo, 5 de abril de 2026

Bungalow Rod

El Bungalow Bill de Salvatierra
Ó: crónica de un malinchismo bien entrenado




Prólogo (o algo así):

En Febrero de 2006, mi entonces vocalista y ejecutante de armónica, el gabacho Rod, me avisó que Ismael Ruiz —por ese entonces encargado de turismo en el municipio, o algo por el estilo— lo había invitado a que tocáramos en el teatro del pueblo (Feria Candelaria).

Aún se hacía en la Plaza Agustín Carranza Salcedo —o explanada del Carmen—, y para muchos eso representaba todo un honor. Yo casi lo mandé a la chingada en cuanto me lo dijo.

Suena muy arrogante, ¿cierto?. Pero había un antecedente para mi molestia:

El mamón del Daniel Sámano Arreguín me había bloqueado en ese lugar desde 2003 por razones personales (lo había mandado al carajo) y eso duró tres años.

Así de pronto, como Rod era Rod, y era el gringo, pues todo se olvidaba. El problema era que el grupo NO era de Rod, era mío, y me molestó sobremanera que Ismael no me dijera primero a mí.

Fui a verlo en su negocio y hablamos sobre el tema. Afortunadamente para todos, Ismael es muy diplomático pero, desafortunadamente para todos, mi indignación estaba justificada. Gringo o no, Rod no era la persona para gestionar un foro en el que los panuchos me tenían bloqueado —siendo yo el líder—, y el hecho de que lo hicieran por quedar bien con Rod fue lo que más me trabó.

Ismael me dijo lo siguiente:

Tona, tal vez gracias a Rod esta sea tu oportunidad. No seas soberbio

No supe si decirle una grosería o mandarlo por un tubo pero, por los muchachos del grupo (Oly, Horacio y la Judith) —que de hecho no tragaban a Rod—, decidí callarme el hocico y permitir que se lucieran. Así que el día que teníamos que tocar, obviamente el Rod no fue a gestionar tiempo y espacio a la oficina de Ismael y decidí ir personalmente para organizarme.

Me atendió Rafael Arreguín quien, si bien merece mi respeto, en esos días andaba con el ego bastante inflado por ser el asistente de Ismael. Le pedí que me diera horario y todo eso y le dejé claro que no quería que me estuvieran correteando para bajarnos. Un grupo de rock no es una rondalla. ¿no?.

Rafael volteó a verme: Aquí les damos la oportunidad..., dijo.

Enseguida le respondí, siendo como soy; ¡Una chingada. Ustedes no me hacen ningún puto favor. Soy yo quien se los está haciendo a ustedes!

De manera soberbia (él sí) me respondió: ¡A mí no!

¡Ah, entonces chinga tu madre, y tú te las arreglas con tu jefe!, respondí, y me salí mandando al carajo a todos en esa oficina (cosa que disfruté bastante, cabe decir).

Después dialogamos Ismael y yo, como la gente, y nosotros salimos a tocar pero había una verdad tácita, nos habían ofrecido el espacio por congraciarse con Rod, no porque fuera el grupo del Tonatiuh (o El Traumatiuh, según me llaman).

Contexto del post:

The Continuing Story of Bungalow Bill no es una canción anti yankee, es una canción contra la hipocresía.

La frase anterior es para explicar el tema.

Recientemente alguien del pueblo me preguntó que por qué me había portado tan mal con un pobre americano que solo venía a Salvatexas a descansar. No le respondí a su mensaje (lo hago aquí) porque me parece que las cosas personales se resuelven de manera personal. Sin embargo ya me hartó el hecho de que, en la historia, el idiota y el ojete haya sido yo.

Más tarde, ese mismo día, yo escuchaba el White Album de los Beatles y coincidentemente escuché The Continuing Story of Bungalow Bill, una crítica sardónica por parte de John Lennon hacia Richard A. Cooke III, un norteamericano que vivía en un bungalow aparte, cuando los Beatles estuvieron en un ashram (monasterio) de meditación, en la India. En 1968.

Cooke había decidido que lo más espiritual que podía hacer era irse a cazar un tigre montado en un elefante y un rifle de alto calibre. Mató al animal y regresó al ashram. Y la gente, en lugar de señalarlo, lo justificó. Su propia madre dijo que, Está bien, no  es pecado cuando el tigre se veía tan feroz.

El coro que Lennon incluyó (se supone que en la historia son niños) ajusta mucho al cuestionamiento: Hey, Bungalow Bill, ¿qué mataste, Bungalow Bill?. Hablando supuestamente de meditación pacifista en la India.

Aquí mi drama:

Yo viví en Salvatexas entre 1990 y 2009 y tuve un grupo de rock entre 1996 y 2005. La gente fue mezquina conmigo todo ese tiempo y, después de que me divorcié —en 2005—, la mezquindad se volvió deporte local.

Pero llegó Rod, con dólares y con la suficiente solvencia para gentrificarse donde a otros nos costaba sobrevivir. Y de repente, el milagro; los mismos que me habían querido pisotear durante años y me vieron hundirme sin mover un dedo, empezaron a decirme:

Aprovecha, wey. Es la oportunidad de tu vida

¿Oportunidad de qué? ¿De aprender a lamerme las heridas mientras aplaudo al que llegó después? ¿De agradecer que un gringo exista para que ciertos salvaterrestres por fin se sientan importantes por asociación?

No, gracias.

La canción de marras habla de cómo Bungalow Bill mata un tigre pero en mi caso Bungalow Rod no lo logró. El tigre era mi dignidad, y los que querían matar ese tigre fueron los mismos que hoy lo aplauden a él. La diferencia con la canción es que Rod llegó con un rifle llamado poder adquisitivo, y ellos le cargaban las municiones.

El año pasado observé que, en Facebook, Rod publicaba muchos memes anti Trump y anti Putin. En el primer caso está bien, hasta lo apoyo, pero criticar a Putin sin conocer a fondo la realidad del conflicto Ucrania-Rusia es mostrar ignorancia.

Conversamos un poco vía messenger sobre el tema y le dije claro: The US started that conflict, Rod (Los Estados Unidos comenzaron ese conflicto, Rod). Por supuesto señaló que él no era político y mejor cambió el tema.

Así son las cosas, los Bungalow Bills de este mundo no vienen a dialogar, vienen a cazar, a que les aplaudan, y a mudarse al siguiente ashram cuando la meditación ya no les alcanza.

Algunos en Salvatexas ahora critican a Bungalow Rod, porque el malinchismo tiene patas cortas. Primero te arrodillas, luego te duelen las rodillas, y al final te das cuenta de que el ídolo era de barro. Pero por supuesto todavía hay quienes le aplauden y aprendieron a usar rodilleras.

Para esos últimos:

No odio a los gringos. Eso sería tan estúpido como adorarlos solo por ser gringos. Lo que odio es la hipocresía de cierta gente que convierte al extranjero —de donde sea— en héroe, mientras entierra vivo al que se quedó a hacer rock cuando nadie lo aplaudía.

Así que esta va por ti, Rod Ruthrauff. No eres mal tipo, probablemente. Pero eres el Bungalow Bill que necesitábamos para que Salvatierra mostrara la cara que siempre tuvo.

Y a los que me dijeron aprovecha; ya aproveché. Y les consta.

Hey, Bungalow Bill, ¿qué hiciste tratando de matar ese tigre?

Es cuanto:

Messy Blues


viernes, 27 de marzo de 2026

Radiografías de la sociopatía

Teorías de la estupidez


La mayoría cree que la estupidez es un problema de ignorancia visible, casi un defecto reservado a quienes saben poco, hablan mal o piensan peor. Pero esa imagen es demasiado cómoda para ser verdad, porque muchas veces la estupidez no nace de la falta de conocimiento, sino de una deformación más profunda en la manera de juzgar, de convivir, de contenerse y de obedecer. Por eso no siempre aparece en grandes errores ni en escenas escandalosas, sino en pequeños gestos cotidianos que la mayoría ya dejó de cuestionar.

Este análisis reúne veinte hábitos divididos en cuatro tipos muy concretos de estupidez.

Tipo uno: Estupidez de convivencia

Hábito uno: El fila cero disfrazado. Hay personas que no rompen una fila como quien comete una falta, sino como quien corrige una supuesta ineficiencia creada por los demás. Se deslizan de lado, fingen distracción, consultan el celular, esbozan una sonrisa miserable y convierten su pequeña trampa en un gesto de astucia doméstica. No creen estar dañando la convivencia, creen estar demostrando que son más inteligentes que el resto. Y ahí aparece la estupidez crónica. En esa incapacidad servil de respetar una regla mínima cuando nadie los vigila.

El idiota no siempre grita ni golpea la mesa, a veces solo se cuela con elegancia de cucaracha y actúa como si su apuro valiera más que el orden de todos.

Hábito dos: El DJ público. El que pone audios, videos o música en alto en un espacio compartido, casi nunca se percibe como un invasor. Se percibe como alguien auténtico, relajado y sin trauma alguno. Cree que su ruido no interrumpe, sino que simplemente se derrama en el ambiente como si el ambiente fuera una prolongación natural de su capricho.

Esta es una estupidez muy extendida, transformar el gusto propio en obligación ajena y llamarlo espontaneidad. No se trata de volumen solamente, sino del rango moral que se adjudica.

Los que soportan su música, o ruido, quedan reducidos a rehenes auditivos de una intimidad imbécil que no pidieron. Donde debería haber contención aparece exhibicionismo y donde debería haber convivencia aparece una pequeña dictadura ambulante con parlante y autoestima inflada.

Hábito tres: La conversación en altavoz. Hablar por teléfono en un lugar compartido es una forma particularmente grotesca de impudicia moderna. La persona convierte una conversación privada en basura pública y espera que todos lo toleren como parte del paisaje.

No le basta con atender una llamada. Necesita expandirla, teatralizarla, imponerla, como si su urgencia suspendiera por decreto cualquier norma de decencia. Esa conducta revela algo peor que descuido. Revela una mente sin bordes, incapaz de entender que convivir exige reducirse un poco.

El estúpido crónico no reconoce límites invisibles porque ya confundió presencia con derecho. Por eso transforma el autobús, la sala de espera o la fila en escenario. Y encima llama naturalidad a lo que en el fondo no es más que una forma barata de contaminación humana.

Hábito cuatro: La basura invisible. Tirar basura al suelo no siempre nace de la rebeldía, muchas veces nace de algo más bajo y más feo.

La convicción muda de que el deterioro siempre será problema de otro. El vaso, el papel, la colilla, la envoltura, todo cae al suelo con la misma lógica moral de quien ensucia una mesa ajena y se va silbando.

El gesto dura un segundo, pero delata una estructura entera de carácter. Quien ensucia un espacio común está diciendo, sin palabras, que su comodidad instantánea vale más que el mundo que comparte. No es una falta pequeña, es una declaración de bajeza civil. La estupidez crónica empieza justo ahí, cuando alguien degrada lo que también usa y todavía conserva el descaro de sentirse perfectamente normal.

Hábito cinco: El baño ajeno no es mi problema. Dejar sucio un baño compartido es una de las formas más transparentes de desprecio civil disfrazado de costumbre.

El sujeto usa, mancha, salpica, desordena y sale como si la responsabilidad terminara exactamente donde termina su necesidad. No piensa en el siguiente. Apenas tolera pensar en sí mismo más allá del impulso inmediato. Y esa estrechez moral dice más sobre una persona que cien discursos bien peinados sobre valores y respeto. La civilidad real no se mide en opiniones elegantes, sino en conductas sin público, sin aplauso y sin recompensa.

El estúpido crónico fracasa precisamente ahí. Incluso cuando nadie lo ve, necesita dejar una huella miserable, convertirlo común en residuo y su paso por el mundo en una pequeña escena de degradación.

Norbert Elias entendió algo que la gente moderna, tan orgullosa de sus pantallas y sus modales de escaparate, prefiere olvidar. La civilización no consiste en tener tecnología, títulos o vocabulario limpio, sino en aprender a contener impulsos por respeto a una red de interdependencias. Nadie vive solo, aunque muchos imbéciles fantaseen con eso mientras usan todo lo que otros sostienen.

Por eso, la fila, el silencio compartido, la limpieza y el cuidado del espacio común no son detalles menores. Son exámenes microscópicos de autocontrol. Cuando alguien trata lo colectivo como extensión de su antojo, no está siendo libre ni auténtico, está siendo primitivo con acceso a infraestructura.

Esa mezcla de comodidad técnica y atraso moral es una de las formas más vulgares de estupidez contemporánea.

Tipo dos: Estupidez de interacción

Hábito seis: El interruptor compulsivo. Interrumpir constantemente no es energía, ni pasión, ni carácter fuerte. Es una forma mezquina y persistente de declarar que la voz del otro vale menos que la propia urgencia.

El interruptor compulsivo no conversa, atropella, tolera el turno ajeno solo mientras calcula cómo secuestrarlo. No soporta el desarrollo de una idea que no le pertenezca porque toda espera le parece una humillación y toda escucha un peaje insoportable hacia sí mismo. Por eso corta, pisa frases, remata antes de tiempo y rompe el ritmo de cualquier diálogo. Lo más ridículo es que muchas veces llama espontaneidad a esa mala educación crónica cuando en realidad no pasa de ser un ego mal domesticado con boca rápida.

Hábito siete: El que no escucha solo carga munición. Hay gente que parece escuchar, pero en realidad solo está recargando argumentos como quien mete balas en un arma vieja. Asiente, mira. Incluso guarda silencio, pero no recibe nada. Apenas espera el instante exacto para disparar su opinión, su anécdota o su superioridad disfrazada de respuesta. No entra en la conversación para comprender, sino para colocarse.

Esa es una forma muy normalizada de estupidez crónica, porque suele venderse como seguridad, firmeza o presencia. Pero quien no escucha de verdad tampoco aprende ni corrige ni afina su juicio. Solo rebota sobre sí mismo. Los demás no aparecen como conciencia, sino como simples pausas utilitarias entre una intervención propia y la siguiente. No dialoga. Usa bocas ajenas para preparar su entrada triunfal.

Hábito ocho: El dueño de la última palabra. Querer siempre la última palabra no nace del amor por la verdad, sino del pánico infantil a no dominar la escena. El dueño de la última palabra no discute para aclarar, discute para clausurar, sellar, imponerse, salir con la sensación patética de haber vencido, aunque no haya entendido nada. Necesita ese remate final como otros necesitan un aplauso porque confunde diálogo con jerarquía y desacuerdo con desafío a su rango imaginario. Por eso responde una vez más, corrige una vez más, remata una vez más, incluso cuando el asunto ya murió de cansancio, no soporta que una conversación termine sin su firma encima y ahí se revela la estupidez, en esa adicción miserable a sonar superior, aunque el precio sea volverse insoportable.

Hábito nueve: El ofendido permanente. Convertir cualquier corrección en ofensa personal es una de las formas más cansinas de fragilidad orgullosa. El ofendido permanente no distingue entre ser cuestionado y ser destruido, vive cada observación como ataque, cada matiz como humillación y cada desacuerdo como una falta moral imperdonable.

Por eso no mejora, se atrinchera, no revisa, dramatiza y termina haciendo de su susceptibilidad una identidad, como si sentirse herido fuera prueba automática de tener razón. Esa conducta parece emocional, pero en el fondo es puro narcisismo inflamado. Todo tiene que pasar por su herida, por su orgullo, por su teatro interno. El mundo entero gira alrededor de una autoestima tan hinchada y tan frágil que ya no soporta ningún rose mínimo de la realidad.

Hábito diez: El invasor de distancia. Invadir el espacio personal del otro como si no importara parece, para muchos idiotas sociales, una nimiedad sin peso moral, pero no lo es. Acercarse demasiado, tocar sin necesidad, hablar encima del cuerpo ajeno, ocupar más de lo debido, forzar una cercanía que nadie concedió. Todo eso revela una incapacidad muy concreta de reconocer límites invisibles.

El invasor de distancia no siempre es agresivo en sentido abierto. Muchas veces solo es brutal en versión cotidiana. Se mueve por el mundo como si la frontera del otro fuese una exageración moderna o un capricho de gente sensible.

Y ahí está su estupidez en creer que intensidad, confianza fingida o espontaneidad le dan derecho a convertir la incomodidad ajena en detalle irrelevante.

Erwin Goffman mostró que la vida social no solamente se sostiene con leyes, principios o grandes discursos sobre respeto, sino con micro reglas casi invisibles que impiden que cada encuentro se convierta en una pelea de egos malcriados. Escuchar, ceder turno, no aplastar la cara del otro, tolerar una corrección y respetar cierta distancia son gestos mínimos, pero sostienen la dignidad práctica de la interacción. Cuando alguien fracasa ahí de forma repetida, no estamos ante una mera torpeza simpática. Estamos ante una estupidez relacional, una incapacidad de evitar el intercambio sin contaminarlo con hambre de protagonismo.

El estúpido crónico rompe la escena porque no soporta límites que no nazcan de él. Y luego, como todo mediocre bien adaptado, llama autenticidad a ese pequeño desastre.

Tipo tres: Estupidez de superioridad

Hábito once: El mentor cruel. Abusar de quien está aprendiendo es una de las formas más miserables de superioridad social, porque consiste en usar una ventaja provisional como si fuera prueba de valor humano. El mentor cruel no corrige para formar, sino para saborear la distancia entre su dominio y la torpeza ajena.

Se burla, humilla, endurece el tono, exhibe impaciencia y luego bautiza su mezquindad con nombres nobles como exigencia, carácter o disciplina. Cree que humillar enseña cuando en realidad solo demuestra que el poco poder que posee ya le pudrió el trato.

La estupidez crónica aparece justo ahí en confundir experiencia con licencia para degradar. No sabe más en sentido alto. Apenas llegó antes y convirtió esa antigüedad en garrote.

Hábito doce: El subestimador nato. Subestimar a cualquiera que parezca simple, tímido o inexperto es una estupidez muy típica de quienes confunden apariencia con jerarquía real.

El subestimador nato entra a cada situación repartiendo sentencias con rapidez vulgar. Este sabe, este no, este vale o este estorba. No necesita pruebas, le basta una impresión pobre y dos prejuicios bien aceitados. Y como vive preso de ese reflejo, pierde inteligencia silenciosa, competencia discreta, profundidad sin espectáculo y dignidad sin marketing personal.

Su error no es solo mental, es moral. Convierte la simplificación en trato, el prejuicio en conducta y la arrogancia en método. Mira por encima, habla por encima, decide por encima y luego se sorprende cuando la realidad le escupe en la cara lo poco que entiende de las personas.

Hábito trece: El Cliente Rey. Tratar a los trabajadores que le atienden como inferiores, es uno de los hábitos más reveladores, porque muestra qué hace alguien cuando recibe una cuota mínima de poder sin riesgo de represalia.

El cliente rey no compra un servicio, compra la fantasía miserable de mandar. Por eso exige más de lo razonable. Habla con desprecio, dramatiza errores mínimos y convierte al otro en cubo de basura para sus frustraciones acumuladas.

No busca resolver nada, busca posición, compensación, teatro de importancia. Necesita sentir que al menos durante unos minutos alguien está obligado a aguantarlo sin devolverle el golpe. Y ahí se desnuda una estupidez bastante fea, la de quien solo logra sentirse alguien cuando encuentra a otro estructuralmente obligado a soportar su pequeñez.

El estúpido olvida que el servicio es un contrato, no una servidumbre.

Hábito catorce: El ostentador humillante. Usar el dinero, el cargo o cualquier signo de estatus para humillar revela una pobreza más profunda que la material, la de quien necesita exhibir superioridad porque no consigue despertar respeto por densidad propia.

El ostentador humillante no disfruta solo de tener, disfruta de que los demás noten que ellos no tienen. Menciona lo que gana, lo que manda, a quién conoce lo que puede pagar y convierte cada dato en instrumento de reducción simbólica del otro. No quiere admiración limpia, quiere distancia visible.

Esa conducta suele disfrazarse de ambición, éxito o franqueza social, pero en el fondo no pasa de ser inseguridad con recursos. La estupidez crónica aparece cuando alguien cree que posición y valor son equivalentes y que el privilegio puede reemplazar lo que nunca logró construir por dentro.

Hábito quince: El brutal sincero. Confundir sinceridad con brutalidad es uno de los trucos favoritos del mediocre moralmente agresivo. El brutal sincero se presenta como alguien que dice las cosas como son, cuando en realidad disfruta decirlas de la forma más hiriente posible. No busca verdad. busca impacto, no pretende claridad, pretende superioridad bajo la máscara barata de la honestidad, por eso convierte toda opinión en piedra y toda crítica en una pequeña ceremonia de dureza como si herir le diera profundidad.

Cree que suavizar es hipocresía y que el tacto es cobardía. Porque jamás entendió que la verdad también exige forma, contexto y medida. La estupidez crónica se revela ahí. En esa incapacidad grosera de distinguir entre franqueza y vulgaridad, entre precisión moral y placer casi animal por lastimar.

Theodore Dalrymple expuso que cierta degradación social no nace de manera puntual de la pobreza o de la ignorancia, sino de hábitos morales podridos que terminan normalizando la vulgaridad, la grosería y el desprecio como si fueran marcas de realismo.

En este nivel, la estupidez ya no aparece como simple torpeza de convivencia, sino como deformación del juicio sobre el otro. El aprendiz es humillado, el tímido es subestimado, el trabajador es rebajado, el inferior es instrumentalizado y la crueldad se disfraza de honestidad.

Todo eso revela una mente empobrecida en lo esencial, la capacidad de reconocer dignidad ajena sin necesitar rebajarla para sentirse más alta. El estúpido crónico se cree fuerte cuando humilla pero en realidad, solo exhibe con una claridad penosa lo poco que tiene por dentro.

Tipo cuatro: Estupidez obediente

Hábito dieciséis: El repetidor de plantilla. Repetir ideas hechas como si fueran pensamiento propio es una de las formas más limpias y más patéticas de estupidez obediente, porque imita el tono de la convicción sin haber pasado jamás por el trabajo incómodo de pensar. El repetidor de plantilla habla con seguridad, usa frases cerradas, adopta poses de certeza y parece tener criterio, aunque en realidad solo administra fórmulas prestadas como un cajero de eslóganes. No examina lo que dice, lo recita. Y lo más inquietante es que muchas veces ni siquiera miente con plena conciencia y confundió la familiaridad de una idea con su verdad.

La estupidez crónica aparece justo ahí, en esa facilidad humillante para convertir lugares comunes y reflejos grupales en sustituto barato de juicio propio.

Hábito diecisiete: El camaleón social. Cambiar de postura según el grupo o la autoridad presente no siempre nace de prudencia, muchas veces nace de una estructura interior vacía, sin columna, sin centro y sin precio propio. El camaleón social no adapta solo el lenguaje, adapta la conciencia entera. Frente a unos defiende una cosa y frente a otros la contraria. Y en ambos casos intenta sonar íntegro, como si la coherencia fuera apenas una cuestión de escenografía.

No busca verdad sino alineación rentable. Su criterio no está en los hechos ni en los principios, sino en la temperatura del ambiente y en quién ocupa la cima de la escena. Esa plasticidad suele venderse como inteligencia social cuando en realidad no pasa de ser cobardía bien peinada con talento para oler jerarquías.

Hábito dieciocho: El bajulador oportunista. Atacar al más débil para quedar bien con el más fuerte es un hábito especialmente sucio porque mezcla cobardía, cálculo y hambre de aceptación en una sola maniobra. El bajulador oportunista detecta rápido dónde está el poder, quién reparte favores, quién puede incluirlo o protegerlo y desde ahí organiza toda su conducta como un pequeño animal de jerarquía.

Sonríe hacia arriba y endurece el gesto hacia abajo. No necesita odiar al débil. Le basta usarlo como moneda simbólica para comprar cercanía con el fuerte. Esa conducta suele presentarse como estrategia, adaptación o realismo, pero revela una estupidez moral profunda, la de quien sacrifica justicia básica por una migaja de pertenencia y encima se siente inteligente por hacerlo.

Hábito diecinueve: El devoto de la jerarquía. Obedecer jerarquías injustas y llamarlo normal es una manera refinada, casi litúrgica, de renunciar a la responsabilidad sin sentir culpa. El devoto de la jerarquía no necesita aprobar internamente lo que ocurre. Le basta con declararlo inevitable, funcional o simplemente antiguo.

Sus frases de consigna son, entre otras: Así funciona, Siempre ha sido así, Yo solo cumplo No me toca decidir. Esas frases forman el pequeño catecismo de quienes entregan su conciencia a la estructura y luego posan como personas sensatas. La estupidez crónica aparece cuando la costumbre reemplaza el juicio y el orden pasa a valer más que la justicia. No hay aquí falta de información, sino exceso de docilidad. El sujeto no ignora el daño y, peor aún, aprende a convivir con él hasta llamarlo normalidad.

Hábito veinte: El defensor del absurdo. Defender lo indefendible solo porque así son las reglas es la fase final de la obediencia mental, el momento exacto en que la norma deja de organizar la vida y empieza a sustituir el pensamiento.

El defensor del absurdo no pregunta para qué sirve una regla, a quién protege, qué destruye, ni si conserva algún resto de legitimidad humana, le basta con que exista y desde ahí levanta una moral prestada, rígida y vacía, donde lo correcto ya no es lo justo, sino lo permitido por el mecanismo. Tal conducta parece disciplina, pero no pasa de ser pereza moral disfrazada de seriedad.

La estupidez crónica culmina cuando una persona deja de evaluar la realidad y se limita a custodiar procedimientos, aunque estos mutilen lo humano con perfecta pulcritud burocrática. Dietrich Bonhoeffer vio con lucidez algo que sigue incomodando porque destruye una cuartada muy querida por los mediocres bien adaptados.

La estupidez no siempre es falta de inteligencia y muchas veces ni siquiera se cura con información. Hay personas capaces, instruidas e incluso brillantes, que en la práctica se vuelven instrumentos dóciles de ideas, grupos, jerarquías y reglas que nunca examinan de verdad. Repiten, se acomodan, golpean hacia abajo, obedecen sin juicio y defienden estructuras vacías con fervor prestado, y no será por falta de cerebro, sino porque han renunciado a la autonomía moral.

Esa forma de estupidez es la más peligrosa de todas, porque ya no solo molesta o humilla, colabora, normaliza, ejecuta y luego se lava las manos llamando deber a su propia rendición. Lo más inquietante de la estupidez crónica es que casi nunca se presenta como tragedia, sino como costumbre. No llega con sirenas o hábitos, porque no siempre hace ruido. Muchas veces solo se repite y, precisamente por eso, se vuelve difícil de combatir.

Cuando una sociedad se acostumbra a convivir con la mezquindad, la grosería, la humillación y la obediencia sin juicio, empieza a llamarlas normalidad. Y ese el verdadero problema no es que existan personas estúpidas, sino las demasiadas conductas estúpidas que ya dejaron de escandalizar a casi todo el mundo.

La estupidez es peligrosa porque muchos idiotas tienen poder y, peor aún, ni siquiera saben que son idiotas.

Es cuanto

Messy Blues

domingo, 8 de marzo de 2026

KTUM 101 Radio

De Política y Otras Necedades, Primer Capítulo


Bueno. El pasado 6 de Marzo transmití de nuevo por radio online e inauguramos con mi programa De política y otras necedades. Sí, sí; José Daniel y Rodrigo merecieron el primer plano 😁

Pero lo malo es que por ser radio y no se repite, "ora" les vendo el capítulo.





¡Gracias! 😉😙

viernes, 6 de marzo de 2026

¡Viva México!

Y pensar que en cierto lugar de la mancha son capaces de convertirse en esclavos ideológicos de los gringos 😂



jueves, 5 de marzo de 2026

Messy Radio

La radio está de regreso

Pues después de más de veinte años que tuve una estación de radio por internet (Radio Crash) me aventuré a tener un broadcasting vía Shoutcast con el mismo nombre pero dejó de funcionar ese servicio y solo pude transmitir por un año. Luego traté de hacer un podcast pero era un fastidio estar editando y luego subiendo los episodios.

Hace poco encontré el mismo streaming (Shoutcast, con otro nombre) y estoy haciendo pruebas. Según yo, entre el sábado y domingo estaré transmitiendo en forma.

La buena: Mis opiniones sobre Salvatexas serán en un programa semanal llamado como este blog Salvatierra Mártir, y aquí en el blog publicaré un resumen de cada capítulo.

La mala: seguirá siendo crítico 😂.

Pero ese programa no durará mucho por cada capítulo. Tal vez una media hora. Por supuesto tendré otros programas con otros temas.

También transmitiré música y, sí a alguien le interesa, podría poner canciones de algún(os) colega(s) de allá (Salvatexas). Y no la hagan de tos, no cobraré ni un centavo por eso.

De lo que sí cobraré será por publicidad. Aunque no creo que ni remotamente le interese a nadie por allá 😂😂.

El tipo de música será de Rock, Jazz, Blues, Música Clásica, Rock and Roll, Heavy Metal, Country y Folk.

Click Aquí para ir a la página de la estación

Saludos gentes

El Messy Blues


jueves, 1 de enero de 2026

Nuevo año, ¿eh?

Ya vine a joder

Nomás pa' poner al día esa mediocridad pentatónica que dicen que tengo.

Recientemente puse un post que decía claramente lo que pienso de Daniel Sámano Jiménez y Rodrigo Carrasco. Decepcionado de uno por haber contratado al otro pero bueno, que se jodan. Mi manager me ordenó quitar eso y como él es que se mueve para promover mi música pues, ni hablar.

Esto me recordó que Iván Arellano hace un buen trabajo con eso y platicando con él y el equipo, me echaron en cara mi obsesión por tener este blog revanchista pero no, no señores, no es un blog revanchista.

En Salvatexas ha gobernado por siglos la misma línea familiar que se pasa el balón para hacer creer que hay alternancia. El único decente que yo defendería sería Moisés Ramírez (y muy probablemente Lupe Nava). Pero alternancia no hay, ni habrá.

Sí, estoy molesto porque allá se hacen los caprichos de quienes estén en el poder y sí, me la paso señalando los errores y los abusos y así seguirá siendo. Pero esta vez me voy a enfocar a uno de los muchos comentarios que no dejan de llegarme por parte de amigos, conocidos y chismosos.

Primero dejaré claro algo. Mi enemistad con el colega del inframundo no la empecé yo y él se enojó porque su amiga Uribe le calentó la cabeza cuando yo rompí un acuerdo con ELLA, no con el Demonio, y los tratos entre dos son tratos entre dos, no entre más.

Mi entonces manager (Ing. Lucio Usobiaga —QEPD) me indicó que rompiera toda relación con Salvatexas después de que, como grupo —Vassy Courtes—, fuimos objeto de un fraude con el dichoso "SalvaRock Fest 2019" y corté a mucha gente del rancho en redes sociales. Si lo apreciamos de manera justa, nosotros teníamos razones para estar molestos. Digan lo que digan ustedes.

Retomando los chismes

Me señalan que tengo razón en mis juicios contra Vicente Corona, Miguel Fuentes y el Demonio pero aquí es donde hay que tener sentido común porque yo no he atacado ni a Vicente ni al Demon, cabe aclarar. Al Fuentes sí le he tirado dos tres cacayacas, confieso. Pero todo aquí, no protegido por anonimatos ni secretamente en redes sexuales. Perdón, sociales.

De Vicente he dicho que NO estoy de acuerdo con su Salvablues en contexto (y espero que haya suficiente inteligencia para notar ese detalle) porque los Blues no son mainstream y su efecto cultural merece un poco más de conocimiento del que Vicos tiene. Hoy puede saber más de ello (digo, veinte años después, ya si no) pero él se convirtió al Blues para justificar un producto y no hizo un producto para preservar los Blues.

Y eso será siempre.

Pero también dije algo que seguiré dejando claro: Vicente Corona lo hizo contra viento y marea. Y además hizo algo que NADIE más ha logrado por iniciativa propia y genuina, Eso, amigos, es algo que merece mi respeto, aunque yo no le aplauda.

Pero veamos. Cuando yo estaba en ciernes de formar un grupo de Rock enseñé a Omar Jacobo y a Miguel Villagómez a tocar la guitarra y esos dos se encargaron de convertirme en el enemigo público número uno de la crema y nata del rancho. Es decir; cuando formé Crash! con Polo Carranza y la bajista (ya sabemos quién, no estén jodiendo), éramos nosotros tres contra Salvatexas y sin embargo éramos solamente tres atrayendo público orgánico (no acarreado, pues). Y tocábamos cosas a varias voces como esta preciosidad de John Phillips:


Eventualmente llegamos al nivel de tocar cosas más elaboradas como esta joya de The Who compuesta por John Entwistle:


Pero bastó con que alguien sugiriera que Tona es un mediocre y de ahí el Miguel Fuentes (que de Mercury tiene lo que yo de Lennon) se permitiera replicar la afirmación. Textual sus palabras:

"Usted es un mediocre porque yo he logrado hacer mucho por Salvatierra y lo he puesto en un buen sitio..."

El tarugo ese se enojó porque señalé una estupidez que comentó sobre mi blog. Por eso hizo su comentario que por supuesto no acepto y, aunque también hizo algo (ni tan relevante como para que se levante el cuello), creo que él y los que suelen atacarme merecen una cierta aclaración.

Aquello de que él puso a Salvatexas en un buen sitio, todavía me hace reír.

¿Antecedentes?

Dejemos claro entonces que cuando Polo, la bajista y yo hicimos Crash! no contábamos con equipo. Teníamos una batería usada, dos amplificadores de 10 y 50 w, una guitarra reconstruida y muchas ganas. Fue Don Leopoldo Carranza Olvera quien nos hizo fuertes con su equipo. Los de enfrente utilizaron el equipo de Don Gilberto desde el principio. ¿Cierto?

A nosotros no nos apoyaba NADIE, el público que hicimos fue ganado poco a poco. Los de enfrente tenían a los compas de la secun y la prepa (a la sazón sus mejores guerreros Anti-Tona) y alguno que otro vecino.

Yo siempre reconocí la capacidad de todos, no solo los de enfrente, y hasta tuve la ocurrencia de llevar al foro a Gustavo Hernández (o Gustavo De la Vega) cantando ópera en el Teatro del Pueblo cuando nadie daba un quinto por él. Defendí el trabajo de los hermanos casillas y aunque me puse medio pendejo con Memo González y Carlos Gómez, terminé ofreciéndoles a ambos sus respectivas disculpas.

Lo cortés no quita lo valiente, amigos.

Todos brincaron por la franquicia Messy Blues para ser notados por los de enfrente. Como fueron los casos de Alfredo Flores, Judith Hernández, Luis Pendejo Elizondo y el propio Rod Ruthrauff. Antes de que yo trajera a esos al frente, nadie los pelaba.

Después algún conocedor dijo:

"Ese wey solamente toca la escala pentatónica..."

Pues sí pendejo, es la escala que más se utiliza en el Rock Clásico y en el Progresivo. Pero también dejo una aclaración, si alguien les enseñó la escala armónica menor a Omar Jacobo y Ulises Camarena, fui yo. Esos dos, por cierto, hoy utilizan la escala pentatónica mucho más de lo que la utilizo yo.

Pueden llamarme Traumado, Ardido, Mediocre, Fracasado o lo que ustedes quieran llamarme pero es cierto que yo nunca quise ni traté de complacer a NADIE (por eso me odia Daniel Sámano Arreguín). Yo siempre he sido yo y me da igual quién putas madres me acepte y quien me odie. Lo que me purga es que sean tan incapaces de aceptar sus errores y de aceptar también las cosas que otros hacen bien.

Vicente Corona ha dicho de mí que le da gusto que yo haga lo que me gusta (y no me lo dijo a mí) y el Demonio no me traga pero he sabido que acepta las cosas que debe aceptar (gracias por cierto). Queda claro por qué quiero ser enfático. No se trata de que yo tenga o no razón ni de ganar una guerra. Se trata de poner las cosas en su justa dimensión.

No, no soy un mediocre y, no, no soy un fracasado. Las ligas de abajo (o links o como chingados se diga) son una invitación, ¡cordial!, a escuchar lo que yo hago. Nadie está obligado. Las escuchará quien quiera hacerlo y doy gracias de antemano, pero también es una forma de decir que no aceptaré más esas descalificaciones ni en mi contra, ni en contra de quienes hacen lo suyo.

No es redención. Me da igual si Vicos o Demon me aceptan o no y a ellos les causa aún menos preocupación. Pero seamos un pueblo que piensa con la cabeza, no actuemos por interés o conveniencia.



Es cuanto

Messy Blues