La era del artista auto-gestionado
En el post pasado puse el item publicitario del lanzamiento del mismo álbum que grabé con Vassy Courtes hace ya algunos ayeres en formatos vinilo y compacto. Es obvio que solo una minoría salvaterrestre saltará de gusto y aún menos serán quienes lo están comprando (me consta que ya lo hicieron) y, también es obvio que no dejaré de dormir por ese hecho. Pero sí quisiera dejar clara una idea, la de que no se trata —esta vez al menos— de uno de mis típicos revanchismos de miren lo mediocre que soy.
Hace alrededor de veinte años. tocando con mi grupo The Messy Blues Band allá en Salvatexas (cuando Horacio Galván y la chavita del bajo tocaban conmigo) llegó un conocido empresario que instaló su negocio de mercado al intercambio llamado Cambalache en la carretera Celaya-Salvatierra y, aunque él radica en la Ciudad de México, rentó una casa en Salvatierra. Una noche llegó a donde estábamos tocando nosotros y le gustó tanto que se acercó diciendo: ¿No les interesa grabar un disco?
No aceptamos de Ipso Facto, porque los chicos eran menores de edad, Oly Betancourt estaba resolviendo los problemas que nuestra relación le habían generado en su familia y, por nuestra parte, Rod Ruthrauff y yo conocíamos a la perfección los párrafos de letras chiquitas detrás de esas ofertas. Probablemente aún más que el propio Enrique Sarabia, el empresario en cuestión.
Por no dejar, semanas más tarde, Oly y yo hablamos con él y, sorprendido por el interés, enseguida aclaró: Pero hablamos de tocar cumbias y cosas así, ¿eh?
Por ese entonces yo estaba tan mal de dinero (y no ha mejorado la cosa 😂) que estaba dispuesto a tocar misas negras de ser necesario. Probablemente Rod lo habría hecho por participar porque, hasta eso, es entusiasta musical; pero ni Oly ni los chicos habrían sacrificado su integridad rockera, así que el asunto no pasó de ahí. Seamos francos, a Enrique no le atrajo el grupo en sí, sino mi manera de tocar la guitarra y el atractivo visual de Oly y la otra chamaca (por gacha y mamona no diré su nombre).
Pero aquí está la verdad en esencia: Yo sabía que dicha propuesta era un asunto de ocasión en el que Enrique quería demostrar su poder financiero y a la vez quedar dentro del círculo que el malinchismo-machismo crea cuando hay un gringo y dos viejas bonitas en un grupo, y sabía bien que no era precisamente el tipo de empresarios de la música con un colmillo a toda prueba. No en terrenos artísticos (en otros terrenos comerciales, el sujeto es un lobo).
Por otra parte. Yo mismo sabía que hacer un disco no se trataba simplemente de que tuvieras la bendición de poder usar un estudio de grabación (cuyo tiempo es carísimo por hora) y la fama y el dinero llegarían por arte de magia. En ese punto, 2006, yo ya había grabado tres discos con Crash Fuego Blanco del que publiqué uno de manera independiente y sabía que tener un disco publicado no te hace un artista consagrado, hay que ponerse a trabajar para difundirlo y esa es la parte más dura y complicada y, créanme, cuesta incluso más dinero que grabar el disco.
Siete años antes, 1999, yo había descubierto programas como Cool Edit para grabar por pistas aunque me faltaba aprender más sobre el tema. En 2001 Polo Carranza encontró la manera de hacer una grabación de una sola pista grabando de la consola al deck en donde estaba una grabadora de cassette y, luego, el amigo al que le dicen el Bubba (Moonlight Sound) nos transcribió cada canción a formato digital. Ese disco se entregó en tiempo y forma a una persona que se suponía haría las veces de representante pero al final salió con pendejadas.
Y no seríamos los primeros en recibir tales desengaños.
Bien. Regresando al punto temático de partida, diré que en la primera década del siglo aprendí que había muchos programas para hacer tu disco en la computadora utilizando tus propios instrumentos y tu propio equipo, pero la cortina que bloqueaba el avance era la promoción y en ese tenor seguía habiendo colmilludos que podían poner a un artista o grupo en los escenarios explotándolos al máximo. Lo que destaca un vicio y mal por parte de los artistas (casi todos): No leer bien lo que firman.
Segunda chance... rechazada
En 2018 recibí la oferta de Geffen Records para comercializar mi álbum (Rooted Time con Vassy Courtes —sí, el mismo—) a través de ellos. Sonaba increíble, pocos lo hubieran rechazado y hasta habrían firmado a ciegas porque representaba que ellos lo iban a masterizar adecuadamente (y tal vez hacernos grabar de nuevo algunas cosas) y nos llevarían a una gira mundial y terminaríamos saliendo en la tele, radio y todo eso. Pero, después de varios meses de discusiones, rechacé la oferta.
¿Por qué? 😳😱
Simple. Cuando las canciones las escriben otros y tú solo tocas y/o cantas, es probable que esté bien, recibirás un jugoso adelanto, lujos y privilegios pero... ¡oh, sí!... hay un pero. Ese jugoso adelanto es un préstamo que NO te regalaron y te lo van a descontar. La compañía sacará lo mejor de ti y te pagará el 0.01% de las ganancias y desde luego, de ese 0.01% tomarán un 50% como abono a tu deuda. Virtualmente, estarás viviendo al día, a pesar de tu fama.
Ahora bien, si, además de ser el artista tú compones y escribes las letras de tus canciones, la cosa es peor. La disquera cubrirá todos los gastos (que no son pocos), sus abogados pondrán en orden los requerimientos legales para que tu material tenga una clave de registro internacional y todas las ganancias por ejecución, difusión e interpretación (que no son pocas) vendrán de regreso, pero no a tus bolsillos. Por el contrato que te hacen firmar, tu material y derechos intelectuales y de explotación le pertenecen a la compañía (eso está en ese contrato que no te tomaste la molestia de leer bien, o de contratar un abogado que lo hiciera por ti) y de esa manera tú serás el producto de venta y ellos los propietarios.
Por eso rechacé a Geffen Records, no por mediocre. Que les quede claro.
Todo lo anterior es porque, al compartir la imagen de ayer, sabía que habría reacciones de todo tipo allá en Salvatexas, desde los típicos que quisieran cagarse encima de mí, hasta quienes de corazón me apoyan. El problema para los primeros y lo bueno para los segundos es que la idea es hacer que los artistas de allá, me traguen o no, también hagan algo parecido sin esperar que un svengali venga a descubrirlos como por milagro.
Explico:
Hay una vieja mentalidad que aún sobrevive en muchos rincones, pueblos y escenas locales que es la idea de que, para ser un músico real, una gran disquera corporativa tiene que venir a tocarte con varita mágica, o que el éxito depende del aplauso y la validación del vecino, algo muy alejado de la realidad en pleno 2026.
Durante décadas, la industria musical funcionó bajo un modelo de esclavitud moderna. Si querías que tu música existiera en el mundo real, tenías que firmar contratos leoninos donde cedías el control de tu arte, tus derechos y el 90% de tus regalías (fíjense bien, aquí hablamos solamente de los derechos de autor). Te prometían el cielo a cambio de extorsionarte financieramente con costos de producción inflados que, eventualmente, saldrían de tu propio bolsillo.
Hoy, las reglas del juego han cambiado. Plataformas digitales como BandCamp y SoundCloud nos han devuelto la soberanía digital, permitiéndonos conectar con audiencias globales sin intermediarios, y yo utilizo ambas. El gran dolor de cabeza del formato físico —las costosas maquilas masivas de miles de copias que terminaban empolvándose en una bodega— ha sido erradicado gracias a la tecnología de manufactura bajo demanda (on-demand). Hoy, un vinilo o un CD premium se fabrica con la más alta fidelidad solo cuando un fan real lo solicita. Tus regalías son tuyas y tu propiedad intelectual se queda en casa, sólo hay que saber encontrar la compañía que más te ajuste.
Es decir, hoy puedes tener tu catálogo de discos físicos y canciones digitales que solo se te cobrarán a través de comisiones y solamente en el volumen requerido. Lo que te resuelve gran parte del problema camino a la fama. Digo, todos queremos tener discos publicados, ¿no?
Por supuesto, esa libertad democrática tiene un costo, y es aquí donde se separan los creadores de los simples espectadores.
Hoy podemos prescindir de las disqueras tradicionales y, con eso, desaparece también su maquinaria de marketing pero uno mismo tiene que crear su propio mercado. Tienes que salir a promover tu música, romper la barrera de tu geografía local y ver tu proyecto como una empresa (olvídate del aplauso por compromiso en la cuadra y tus amigos y familia). Eso implica buscar patrocinios, gestionar recursos o incluso solicitar un préstamo bancario para financiar tu visión. La diferencia radica en que, si pides un préstamo —y no eres un pendejo manejando lana—, el dinero lo controlas tú y construyes tu propio patrimonio artístico, en lugar de dejar que una disquera te lo extorsione bajo la promesa de una fama efímera.
El verdadero arte independiente no busca la aprobación del entorno inmediato ni se detiene por las miradas escépticas de quienes ven el éxito ajeno como una amenaza. Se trata de entender las herramientas de nuestra era, asumir la responsabilidad de nuestra carrera y construir un puente directo entre el estudio de grabación y las manos del coleccionista, sin importar en qué parte del mundo se encuentre.
La música ya no pertenece a los escritorios corporativos, ni a las envidias de campanario, pertenece a quienes se atreven a crearla, financiarla y hacerla existir. Y, qué carajos, el mundo es amplio y el sol sale para todos y, si al vecino le arde el culo porque tu música está pegando, regálale pomada porque tú debes salir adelante.
Por eso comparto los recursos que yo estoy utilizando y, si quieres que nos hagamos promoción mutua, cuenta conmigo.
Es cuanto
Messy Blues
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Rooted Time versión digital
Rooted Time versión vinil y CD



