El Bungalow Bill de Salvatierra
Ó: crónica de un malinchismo bien entrenado
Prólogo (o algo así):
En Febrero de 2006, mi entonces vocalista y ejecutante de armónica, el gabacho Rod, me avisó que Ismael Ruiz —por ese entonces encargado de turismo en el municipio, o algo por el estilo— lo había invitado a que tocáramos en el teatro del pueblo (Feria Candelaria).
Aún se hacía en la Plaza Agustín Carranza Salcedo —o explanada del Carmen—, y para muchos eso representaba todo un honor. Yo casi lo mandé a la chingada en cuanto me lo dijo.
Suena muy arrogante, ¿cierto?. Pero había un antecedente para mi molestia:
El mamón del Daniel Sámano Arreguín me había bloqueado en ese lugar desde 2003 por razones personales (lo había mandado al carajo) y eso duró tres años.
Así de pronto, como Rod era Rod, y era el gringo, pues todo se olvidaba. El problema era que el grupo NO era de Rod, era mío, y me molestó sobremanera que Ismael no me dijera primero a mí.
Fui a verlo en su negocio y hablamos sobre el tema. Afortunadamente para todos, Ismael es muy diplomático pero, desafortunadamente para todos, mi indignación estaba justificada. Gringo o no, Rod no era la persona para gestionar un foro en el que los panuchos me tenían bloqueado —siendo yo el líder—, y el hecho de que lo hicieran por quedar bien con Rod fue lo que más me trabó.
Ismael me dijo lo siguiente:
Tona, tal vez gracias a Rod esta sea tu oportunidad. No seas soberbio
No supe si decirle una grosería o mandarlo por un tubo pero, por los muchachos del grupo (Oly, Horacio y la Judith) —que de hecho no tragaban a Rod—, decidí callarme el hocico y permitir que se lucieran. Así que el día que teníamos que tocar, obviamente el Rod no fue a gestionar tiempo y espacio a la oficina de Ismael y decidí ir personalmente para organizarme.
Me atendió Rafael Arreguín quien, si bien merece mi respeto, en esos días andaba con el ego bastante inflado por ser el asistente de Ismael. Le pedí que me diera horario y todo eso y le dejé claro que no quería que me estuvieran correteando para bajarnos. Un grupo de rock no es una rondalla. ¿no?.
Rafael volteó a verme: Aquí les damos la oportunidad..., dijo.
Enseguida le respondí, siendo como soy; ¡Una chingada. Ustedes no me hacen ningún puto favor. Soy yo quien se los está haciendo a ustedes!
De manera soberbia (él sí) me respondió: ¡A mí no!
¡Ah, entonces chinga tu madre, y tú te las arreglas con tu jefe!, respondí, y me salí mandando al carajo a todos en esa oficina (cosa que disfruté bastante, cabe decir).
Después dialogamos Ismael y yo, como la gente, y nosotros salimos a tocar pero había una verdad tácita, nos habían ofrecido el espacio por congraciarse con Rod, no porque fuera el grupo del Tonatiuh (o El Traumatiuh, según me llaman).
Contexto del post:
The Continuing Story of Bungalow Bill no es una canción anti yankee, es una canción contra la hipocresía.
La frase anterior es para explicar el tema.
Recientemente alguien del pueblo me preguntó que por qué me había portado tan mal con un pobre americano que solo venía a Salvatexas a descansar. No le respondí a su mensaje (lo hago aquí) porque me parece que las cosas personales se resuelven de manera personal. Sin embargo ya me hartó el hecho de que, en la historia, el idiota y el ojete haya sido yo.
Más tarde, ese mismo día, yo escuchaba el White Album de los Beatles y coincidentemente escuché The Continuing Story of Bungalow Bill, una crítica sardónica por parte de John Lennon hacia Richard A. Cooke III, un norteamericano que vivía en un bungalow aparte, cuando los Beatles estuvieron en un ashram (monasterio) de meditación, en la India. En 1968.
Cooke había decidido que lo más espiritual que podía hacer era irse a cazar un tigre montado en un elefante y un rifle de alto calibre. Mató al animal y regresó al ashram. Y la gente, en lugar de señalarlo, lo justificó. Su propia madre dijo que, Está bien, no es pecado cuando el tigre se veía tan feroz.
El coro que Lennon incluyó (se supone que en la historia son niños) ajusta mucho al cuestionamiento: Hey, Bungalow Bill, ¿qué mataste, Bungalow Bill?. Hablando supuestamente de meditación pacifista en la India.
Aquí mi drama:
Yo viví en Salvatexas entre 1990 y 2009 y tuve un grupo de rock entre 1996 y 2005. La gente fue mezquina conmigo todo ese tiempo y, después de que me divorcié —en 2005—, la mezquindad se volvió deporte local.
Pero llegó Rod, con dólares y con la suficiente solvencia para gentrificarse donde a otros nos costaba sobrevivir. Y de repente, el milagro; los mismos que me habían querido pisotear durante años y me vieron hundirme sin mover un dedo, empezaron a decirme:
Aprovecha, wey. Es la oportunidad de tu vida
¿Oportunidad de qué? ¿De aprender a lamerme las heridas mientras aplaudo al que llegó después? ¿De agradecer que un gringo exista para que ciertos salvaterrestres por fin se sientan importantes por asociación?
No, gracias.
La canción de marras habla de cómo Bungalow Bill mata un tigre pero en mi caso Bungalow Rod no lo logró. El tigre era mi dignidad, y los que querían matar ese tigre fueron los mismos que hoy lo aplauden a él. La diferencia con la canción es que Rod llegó con un rifle llamado poder adquisitivo, y ellos le cargaban las municiones.
El año pasado observé que, en Facebook, Rod publicaba muchos memes anti Trump y anti Putin. En el primer caso está bien, hasta lo apoyo, pero criticar a Putin sin conocer a fondo la realidad del conflicto Ucrania-Rusia es mostrar ignorancia.
Conversamos un poco vía messenger sobre el tema y le dije claro: The US started that conflict, Rod (Los Estados Unidos comenzaron ese conflicto, Rod). Por supuesto señaló que él no era político y mejor cambió el tema.
Así son las cosas, los Bungalow Bills de este mundo no vienen a dialogar, vienen a cazar, a que les aplaudan, y a mudarse al siguiente ashram cuando la meditación ya no les alcanza.
Algunos en Salvatexas ahora critican a Bungalow Rod, porque el malinchismo tiene patas cortas. Primero te arrodillas, luego te duelen las rodillas, y al final te das cuenta de que el ídolo era de barro. Pero por supuesto todavía hay quienes le aplauden y aprendieron a usar rodilleras.
Para esos últimos:
No odio a los gringos. Eso sería tan estúpido como adorarlos solo por ser gringos. Lo que odio es la hipocresía de cierta gente que convierte al extranjero —de donde sea— en héroe, mientras entierra vivo al que se quedó a hacer rock cuando nadie lo aplaudía.
Así que esta va por ti, Rod Ruthrauff. No eres mal tipo, probablemente. Pero eres el Bungalow Bill que necesitábamos para que Salvatierra mostrara la cara que siempre tuvo.
Y a los que me dijeron aprovecha; ya aproveché. Y les consta.
Hey, Bungalow Bill, ¿qué hiciste tratando de matar ese tigre?
Es cuanto:
Messy Blues

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